lunes 21 de diciembre de 2009

Reflexiones en el limbo: Donde juegan los niños 1

Reflexiones en el limbo: Donde juegan los niños 1

viernes 18 de diciembre de 2009

La Tortura, por Ricardo Mena.















A Nuria Jurado dedico
este relato sobre la trata de blancas y el maltrato a la mujer.


-Resumiendo -finalizó el abogado cogiendo un folio en blanco con la intención de clarificar el largo discurso de cinco minutos que acababa de dar-. Primero, usted quiere pedir la paternidad para su hijo, ¿verdad?

-Verdad -contestó el cliente con acento eslavo, una joven de pelo rubio ondulado que ahora se retrepaba en su asiento saliendo de su ensueño. Su mirada había estado fijándose en aquel cuadro que colgaba de la pared y que asomaba por detrás del sillón del abogado. Representaba a una mujer con los ojos vendados sosteniendo en el brazo derecho el largo pliegue de su toga y en el izquierdo una balanza cuyos platillos pendían equidistantes. Aquella mujer la apenó de alguna manera, pues sintió que aquella venda en los ojos que ella llevaba se la habían impuesto a la fuerza, y que aquella balanza que ella sostenía en alto era una forma horrible y familiar de torturar a una persona indefensa. La balanza pesaría con cada segundo que pasaba, pensaba ella, pero tenía que sostenerla así, en alto, siempre en alto. Era horrible, horrible.

-Correcto -confirmó el abogado cuyo tono de voz sonó similar al gélido automatismo que emiten las voces grabadas de algunos sofisticados surtidores de gasolina cuando uno devuelve la manguera a su orificio ("Gracias. Buen viaje.").

El abogado subrayó la palabra "paternidad" con dos líneas paralelas. A continuación, con el tono de nuevo de un ser humano, prosiguió:

-Usted desea tener la custodia de su hijo, una pensión por alimentos y manutención, ¿correcto?

-Sí, sí -contestó la joven aferrándose al pequeño bolsito de piel de leopardo que llevaba sobre su regazo.

-Correcto -el abogado subrayó "custodia" y "pensión". Luego se reclinó en su butaca, alzó sus brazos dejando ver los plateados nudos marineros de los gemelos que ataban los puños de su camisa azul, y la tranquilizó sonriendo, entrelazando sus manos, unas manos limpias y bien cuidadas cuyas gesticulaciones y movimientos la hipnotizaron durante unos breves instantes, sintiendo, mientras tanto ese efecto duraba, una tranquilidad calmante y un ligero cosquilleo en la nariz, como cuando uno bebe un sorbo de champán. De entre todo lo que le dijo, la joven comprendió lo más importante: "Si la prueba de paternidad confirma sus palabras, no tiene de qué preocuparse, señorita Romanov, sólo temo que...".

El abogado se interrumpió, dándose cuenta por primera vez en todo el tiempo que llevaban de consulta (¿cómo no me he dado cuenta antes? ¿cuándo se ha quitado el abrigo que llevaba puesto?) de lo que revelaba y significaba aquel escote del cual brotaba una parte sugerente de sus hermosos pechos del color de la húmeda nieve; sí, no cabía ninguna duda, no se lo estaba inventando, no era su imaginación, eran dos pechos perfectos ante su mirada atónita, unos pechos en forma de manzanas grandes y saludables sostenidos por una furtiva lencería de encaje blanco que los realzaba magníficamente, allí, rectos, detrás de la blusa blanca entallada por la cintura de muñeca.

-Sé que él ser padre de mi hijo -dijo la joven abotonándose su blusa al instante. El hombre despertó del hechizo al escuchar la afirmación categórica de la señorita Romanov y aquella bajada del telón.

-¿Trabaja usted en algo? -preguntó el abogado mirando al papel tras unos instantes de leve confusión, su cara visiblemente ruborizada.

-En hotel. Tengo papeles en regla.

-Estupendo, trabaja en un hotel -repitió el abogado apuntando con fuerza y determinación cada palabra que escupía su pluma aferrada entre sus gruesos dedos índice y pulgar. Sobre el pulgar, cuando quedaba recto, se destacaban cuatro líneas arrugadas que recordaban al aspecto arrugado de la piel tras una inmersión prolongada en agua o a una futura vejez que no podía aún imaginar con todo detalle. Olvidó las líneas de la piel plegada de su pulgar, el agua, y su difusa futura vejez, y formuló otra pregunta-: ¿Cuál es su cargo en el hotel?

-Limpio habitaciones -contestó la joven intentando bajar entonces, más allá de lo posible, su corta minifalda roja, mientras sus zapatos de tacón se replegaban y escabullían por debajo de la silla, como si hubieran visto de repente aparecer una serpiente. La fragancia de su perfume se hizo más notoria entonces por alguna razón desconocida para él. Sintió detrás de su cogote como si alguien estuviera mirándoles escondido. Fue una sensación extraña, pensó muchos días después.

-Bien, muy bien, señorita Romanov -concluyó el abogado trazando una gran línea al final de la hoja, dando por terminada la consulta. Le pidió el dinero suficiente para comenzar a trabajar, ella se lo entregó al punto, y justo antes de despedirla tuvo el amable gesto de preguntarle-: ¿Tiene alguna pregunta que hacerme que no tenga clara, señorita Romanov?

-Sí, sí -respondió la joven desconcertada señalando al cuadro que tanto le había dado que pensar hasta el momento-: ¿Por qué castigan mujer ciega llevando balanza siempre en alto? ¿Por qué la torturan?